Joel y la angustia existencialGRISÚ
IV (y último) .
Una vez, apareció un carbón negro que fue pan. Estiramos nuestro cuerpo, casi humanamente. Estaba en el centro absoluto de nuestro mundo.
Perdimos dientes, y dos se fueron siempre más al fondo.
El desgraciado que lo tragó aún jura que le supo bien.
Si se lo tragó entero, si no pudo respirar... hasta la siguiente vez que respiró.
Él decía que alguien le había recordado.
El recuerdo era aquella piedra negra, que no vimos, no olimos y no saboreamos.
Pero que apareció y sabíamos que estaba allí. Con la certeza del que sabe que va a morir. Nosotros éramos aquel lugar. Un único ser. Nadie podía hacer nada sin que lo supiéramos, pero nadie podía recordarnos.
Aquello era absurdo.
Imposible.
... que sí, que quizás estuve demasiado tiempo callado, pero es que si giré el rostro fue para recobrar la fuerza para ya nunca dejar de mirarte. Perdóname, perdón por dejarte dudar...
¿Que cómo pasábamos las horas? Las horas nos pasaban a nosotros.
Entraban por la espalda y cuando salían desinflaban nuestros ojos, rotos de llorar hacia adentro. Sin resistencia, roían todos y cada uno de nuestros huesos, acuñando infinitas definiciones de dolor. Las horas eran ratas. No bien escapaba una de nuestros ojos, ya la siguiente se clavaba en nuestra espalda. Nunca ha existido otro reloj. Las horas eran ratas de dientes fríos.
...era una música tan dulce, ¿por qué dejó de ser verdad?, si éramos felices...
¿Qué es lo que cambió dentro de nosotros?. Que más da que llore si tu no estás para ver mis lágrimas...
Porque nada nos ataba, nada nos impedía movernos.
Yo creo que nunca hubo puerta.
Aquí estoy.
Antes estaba allí.
¿Qué ha cambiado?
...qué pena -dijo-, has estropeado la posibilidad de contarlo.